El conocimiento que nos habita:
una invitación a reunificar nuestra experiencia fragmentada en una espiritualidad holística
una invitación a reunificar nuestra experiencia fragmentada en una espiritualidad holística
Por: Lic. Santiago Agustin Pereyra Nouveliere
La presente columna no solo denuncia la herencia de un paradigma positivista que disecciona la realidad y nos arranca del cosmos, al mismo tiempo, señala la urgencia de una transformación interior que nos devuelva la capacidad de habitar la espera y de reconocernos como parte de un organismo vivo y significativo. Al recorrer estos argumentos, surgen preguntas que nos obligan a mirar de frente nuestras propias contradicciones: ¿De qué manera la forma en que consumimos información a diario reproduce, en nuestra subjetividad, esa misma lógica fragmentadora, y cómo podríamos comenzar a desactivarla desde adentro?; más allá de la crítica al positivismo, ¿qué implicancias concretas tendría para nuestra vida cotidiana —en el trabajo, en la educación, en nuestros vínculos— asumir que la consciencia y la espiritualidad son dimensiones constituyentes de lo real?; ¿hacia dónde nos conduce esta invitación a tender puentes entre la física y la poesía, entre la ciencia y la teología, si no estamos dispuestos a cuestionar el lugar de comodidad desde el que nos relacionamos con el saber?; y finalmente, ¿qué transformación personal nos insta a realizar esta columna si realmente queremos dejar de ser meros acumuladores de datos para aspirar, como aquí se propone, a una sabiduría que nos transforme y nos reconecte con el misterio del que formamos parte?
Vivimos en la era de la información total, pero también en la del sentido fragmentado. Nunca antes habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca antes nos habíamos sentido tan perdidos. Como sociedad, hemos construido un gigantesco rompecabezas del saber, pero hemos olvidado cómo mirar la imagen completa. La pregunta que debemos hacernos como personas (en crisis) es: ¿De que modo el conocimiento, tal como lo presentamos hoy, puede responder a las crisis de sentido que él mismo ha contribuido a crear?
El paradigma positivista que heredamos del siglo XIX nos prometió que, fragmentando la realidad en disciplinas estancas —la física, por un lado, la psicología por otro, la filosofía como un adorno—, llegaríamos a la verdad. Lo que no nos advirtió es que, en ese proceso de disección, mataríamos al paciente. Al separar tajantemente al sujeto del objeto, al observador de lo observado, creamos un mundo de cosas muertas que ya no nos hablan. La ciencia nos dio el poder sobre la naturaleza, pero nos arrancó de ella.
Hoy, las consecuencias de esta escisión originaria son palpables en nuestra vida cotidiana. Vivimos en lo que la filósofa Esther Díaz denomina una "sociedad de estímulos", donde la aceleración y la inmediatez digital han reconfigurado nuestra percepción. Consultamos el teléfono con prisa y sin pausa; la respuesta no automática nos angustia. Hemos perdido la capacidad de habitar la espera, de hacer de ella un espacio de sentido. La información fluye torrencial, pero la comprensión se estanca. Nos hemos vuelto insensibles, inmunizados por un exceso de estímulos que, paradójicamente, nos vacía por dentro.
Esta fragmentación no es un error menor del sistema; es su lógica profunda. Como señala Santiago Castro-Gómez, el gesto de dividir, clasificar y encerrar el saber en disciplinas autónomas reproduce, en el plano del conocimiento, las estructuras de dominación del proyecto colonial. Ignoramos las conexiones para concentrarnos en las partes, y al hacerlo, perdemos de vista la textura relacional de lo real. No es casualidad que esta epistemología vaya de la mano de una crisis ecológica y espiritual sin precedentes.
Frente a este panorama, urge un cambio de paradigma que no es una novedad, sino la recuperación de un saber olvidado. Me refiero a lo que el Manifiesto por una Ciencia Postmaterialista plantea: la necesidad de ampliar nuestras capacidades heurísticas para reincorporar la mente y la espiritualidad como dimensiones constituyentes del cosmos, y no como meros epifenómenos de la materia. La mecánica cuántica ya nos mostró que el observador y lo observado están inextricablemente unidos. La consciencia importa. Y si la consciencia importa, entonces la forma en que nos relacionamos con el conocimiento también importa.
Aquí es donde la divulgación científica debe dar un giro copernicano. No se debe seguir divulgando como si el conocimiento fuera un producto más que se consume en píldoras de un minuto. Nuestra labor no es solo transmitir datos, sino formar consciencias. Una consciencia —como nos recuerdan los etimologistas, del latín conscientia— que implica tanto "ser consciente de algo exterior" como tener "conciencia de sí mismo" y del otro. Una consciencia que reconozca que el saber no es neutral, que está tejido con valores, y que nuestra relación con el mundo natural no puede ser de explotación, sino de comunión.
El camino hacia la reunificación del saber pasa, necesariamente, por una transformación interior. No habrá cambio cultural duradero sin una masa crítica de individuos que hayan integrado esta nueva mirada. La filosofía plotiniana nos recuerda que la consciencia tiene una dirección teleológica hacia mayores grados de complejidad y unidad. Una invitación que también tiene sus representantes en el medioevo cristiano como Orígenes de Alejandría o Francisco de Asís. Nuestro destino, como especie, no es acumular datos, sino aspirar a la sabiduría. Y la sabiduría siempre es un saber que nos transforma.
Es necesario llamar a restituir al ser humano en su condición de partícipe consciente de un cosmos vivo y significativo. Tender puentes entre la física y la poesía, entre la neurociencia y la meditación, entre la ecología y el asombro. Es, en definitiva, recordar que el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino un medio para reconectarnos con nosotros mismos, con los demás y con el misterio del que formamos parte.
La crisis de nuestra época es, en el fondo, una crisis espiritual. Y su solución no vendrá de un nuevo algoritmo ni de un nuevo dispositivo, sino de la recuperación de una mirada integral que se atreva a mirar el todo sin miedo a la complejidad. Esa es la tarea que debe ser llevado a cabo para superar los límites gnoseológicos, epistemológicos, teológicos y filosóficos autoimpuestos en el siglo XXI: enseñar a ver el universo no como un mecanismo de relojería, sino como un organismo del que somos una célula con consciencia.
Referencias
Beauregard M, Schwartz GE, Miller L, Dossey L, Moreira-Almeida A, Schlitz M, Sheldrake R, Tart C. (2014): Manifesto for a Post-Materialist Science. Recuperado a partir de: https://opensciences.org/about/manifesto-for-a-post-materialist-science
Castro-Gómez, S. (2007): “Decolonizar la Universidad. La hybris del punto cero y el diálogo entre saberes”. En: Santiago Castro-Gómez y Ramón Grosfoguel (eds.). El Giro Decolonial, Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo. Bogotá: Iesco-Pensar- Siglo del Hombre Editores.
Diaz, E. (2017): Problemas Filosóficos. Buenos Aires, Argentina, Biblos.
Ferrater, J. (1964): Diccionario de Filosofía, Tomo I, Buenos Aires, Sudamericana.
Licenciado en Filosofía, graduado en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan. Actualmente es doctorando en Filosofía en la misma institución, donde investiga la filosofía de Walter Benjamin en torno al concepto de experiencia e imágenes estéticas. Integra la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF) y la Asociación Latinoamericana de Filosofía Intercultural (ALAFI). Además, dirige la Revista Científica de Historia, es columnista de la Revista Horizonte Independiente y es becario de investigación CICITCA en el Instituto de Investigación de Filosofía (IDEF) de la UNSJ. Se desempeña como profesor de Filosofía en el Colegio El Tránsito de Nuestra Señora, en la provincia de San Juan.