El Gran Hermano
contra la decencia común
1984 y el pensamiento de J. C. Michéa
1984 y el pensamiento de J. C. Michéa
Por: Prof. Roberto Daniel Robles
La célebre novela “1984”, de George Orwell, publicada al fin de la primera mitad del siglo XX, continúa interpelando con fuerza nuestro presente siglo XXI, y lo hace con una urgencia que puede resultar inquietante: ¿Estamos más cerca de la distopía de lo que quisiéramos admitir? ¿Puede la destrucción de la moralidad y la decencia de las personas comunes —junto con el menosprecio y la manipulación del pasado— producir sujetos cada vez más dispuestos a soportar la sujeción del poder sin resistencia? ¿Hasta qué punto nos aproximamos a convertirnos en individuos ”reformateados” dispuestos incluso a despojarnos de la complejidad de nuestra humanidad para funcionar como autómatas de perfecto rendimiento?
En 1984, George Orwell imagina el futuro en Oceanía, un país ficticio que abarca una amplia extensión territorial en Occidente, y la transformación de la vida social desde que se encuentra bajo el yugo de una institución totalitaria: El Partido. En la cabeza del ordenamiento social tecnocrático impuesto por el Partido se alza la figura vigilante del Gran Hermano, el líder omnipotente y en apariencia inmortal, según se busca hacer creer.
Si bien la existencia de un régimen unipartidista hace pensar en los autoritarismos que marcaron la sangrienta historia del siglo xx, hasta el lector menos avezado puede sentirse fascinado e inquieto por la capacidad de Orwell de imaginar ciertas tecnologías extremadamente sofisticadas, todas ellos al servicio de una sociedad hiper-vigilada. Por ejemplo, a través de la presencia constante de las telepantallas, el régimen puede mantenerse alerta no solo para detectar una conversación sospechosa, sino hasta los más mínimos gestos que delaten si se ha incurrido en el delito del pensamiento. Sin embargo, la vigencia de 1984 tampoco se debe solo a la visionaria anticipación de dispositivos y técnicas de control, ni se limita a ser únicamente una denuncia del predominio de la técnica sobre lo humano.
Jean-Claude Michéa, filósofo y agudo crítico de las transformaciones económicas y socioculturales de las últimas décadas —especialmente en el marco de la consolidación de lo que denomina la “Civilización liberal”— sostiene que el verdadero valor de 1984 reside en la potencia filosófica de su crítica a la voluntad de poder. En efecto, O’Brien, una de las principales voces del régimen —quien, como observa Michéa, actúa como una suerte de sacerdote invertido, empeñado en crear hombres nuevos a imagen y semejanza del Partido— expone sin ambages la motivación última de los líderes de Oceanía: “El Partido quiere el poder sin rodeos, lisa y llanamente. No nos interesa el bienestar de los demás: solo nos interesa el poder. No ambicionamos el lujo ni la opulencia ni corremos en pos de una larga vida colmada de felicidad: solamente el poder, única y exclusivamente el poder”1. Y añade, unas líneas más abajo: “Somos los sumo sacerdotes del poder. Dios es el poder”.
El poder —continúa explicando didácticamente O’Brien— “consiste en causar dolor y humillación, en desgarrar en pedazos el entendimiento humano para volverlo a reconstruir conforme a nuestros propósitos”2. La noción de progreso queda así identificada con el perfeccionamiento de técnicas cada vez más sutiles para ejercer el dominio, así como con la anulación previa de toda posibilidad de rebelión. Si los despotismos del pasado fracasaron, fue precisamente porque no comprendieron la necesidad de extender el ejercicio del poder hasta la esfera de los pensamientos y los sentimientos íntimos. El Partido, en cambio, no se contenta con una sumisión meramente exterior, por abyecta que esta sea: exige la conquista total del cuerpo y del alma, en los términos de una auténtica conversión: “Lo que buscamos es convertirlo, apoderarnos de su más recóndita mentalidad y volverla a plasmar a nuestra imagen y semejanza”3.
Pero ¿cómo garantizar una sumisión tan absoluta, capaz de alcanzar incluso la intimidad más profunda del individuo? El Partido exige un vaciamiento radical del pasado, de modo que los sujetos asuman su doctrina como una novedad absoluta, sin resistencia posible: “Jamás volverá usted a abrigar sentimientos iguales a los de un ser humano. Todo habrá muerto en sus adentros. Nunca más volverá a sentir amor ni amistad por nadie, ni a disfrutar de los placeres de la vida, ni a reírse ni a experimentar curiosidad ni a tener valor o integridad. Será un ser vacío, completamente vacío, porque nos proponemos extraer todo lo que ahora tiene adentro para volver a llenarlo con lo nuestro”4.
Uno de los pilares fundamentales del dominio del Partido es, sin duda, su control del pasado y su capacidad para manipularlo sin cesar. De ahí que actividades como invitar un trago a un hombre mayor o visitar una tienda de antigüedades supongan un motivo de sospecha a los ojos de la Policía del pensamiento, pues “todo lo antiguo —lo cual equivalía a decir todo lo bello— constituía un motivo de sospecha”5.
Este control del pasado es tan central que el Partido elabora incluso una filosofía destinada a justificarlo. Dicha doctrina niega la existencia de realidades objetivas (incluido el pasado) fuera del entendimiento. La importancia de este postulado —que llega a ser calificado de solipsista— reside en que el entendimiento mismo es concebido como algo susceptible de ser moldeado a voluntad por quienes detentan el poder. Así, la maleabilidad —o, en términos posmodernos, la absoluta plasticidad— del ser humano equivale a su capacidad de ser permanentemente reformateado según las necesidades de sus dominadores. La negación de la naturaleza humana se convierte, de este modo, en un imperativo político: “La naturaleza humana la creamos nosotros. El hombre es un ser infinitamente maleable”6. Si algunos filósofos de nuestro tiempo han llegado a presentar la negación de que exista una naturaleza humana como un postulado con potencial emancipador, se debe sin duda a un olvido total de esta lección de Orwell.
La destrucción del pasado emprendida por el Partido va mucho más allá de la simple adulteración de los hechos históricos o de la reescritura de documentos, e incluso de los clásicos literarios —como Shakespeare o Milton—, de los cuales se producen versiones nuevas con contenidos distintos o abiertamente opuestos a los originales. En su afán por abolir toda forma de decencia humana —como lo demuestra la supresión, en la Neolengua, de vocablos como honor, justicia, moral, democracia o religión— el Partido apunta a interrumpir la transmisión del legado cultural más elevado de la humanidad.
Este legado remite a lo que Michéa denomina las “virtudes de la gente común”: aquellas disposiciones morales y culturales que inclinan espontáneamente a los hombres hacia la solidaridad y el altruismo, antes que hacia el cálculo egoísta del propio interés. La ruptura de las solidaridades familiares constituye, en este sentido, un ejemplo paradigmático del proceso de destrucción de la decencia común que caracteriza a la “Civilización liberal” descrita por Michéa. Según este filósofo, la familia persiste como uno de los últimos espacios donde la lógica del interés no gobierna por completo, y por ello mismo se convierte en un objetivo prioritario.
El Partido que gobierna Oceanía comparte plenamente este impulso: su proyecto de sociedad se funda en la ambición, el odio y la desconfianza recíproca. Ogilvy, el héroe oficial del Partido —cuya existencia nadie puede comprobar— encarna el modelo ideal a imitar. Desde su infancia temprana manifestó una preferencia ejemplar por modelos de helicópteros bélicos y ametralladoras sobre cualquier otro juguete; a los seis años fue incorporado a los Espías y pronto ascendido. Entre sus mayores méritos figuraba su celo en la delación de los propios miembros de su familia ante cualquier palabra que pudiera interpretarse como sospechosa.
La denuncia de padres por parte de hijos es, de hecho, un motivo recurrente en toda la novela. El Partido socava sistemáticamente la solidaridad familiar con plena conciencia de sus fines. Este socavamiento constituye un paso decisivo en la estrategia de dominación total descrita por O’Brien: “Hemos roto los vínculos entre padres e hijos, entre un hombre y otro hombre, o entre un hombre y una mujer. Ya nadie confía en su esposa, en su hijo o en el amigo… No existirá la fidelidad, excepto aquella que se debe al Partido, y no habrá amor, salvo amor por el Gran Hermano”7.
A la destrucción de la fraternidad, la solidaridad y el amor se suma la exaltación de valores opuestos: “Pero siempre existirá el sibaritismo del poder, cada vez más cautivante y sutil, siempre y en todos los momentos de la humana existencia, subsistirá la embriaguez producida por el éxito y la inefable satisfacción de aplastar la cabeza de un enemigo vencido”8.
Por el contrario, la novela deja entrever —aunque los propios protagonistas no terminen de creerlo— un tenue resquicio de esperanza: la posibilidad de una disidencia auténtica radicaría en los plebeyos, aquellos a quienes el Partido desprecia y apenas considera dignos de vigilancia. Y ello porque, lejos de rendir lealtad a una patria, a un partido o a una ideología, permanecen fieles entre sí, arraigados en sus sentimientos más elementales y atávicos. Solo por eso puede decirse que siguen siendo plenamente humanos. Orwell parece sugerir, así, que la primera tarea de todo movimiento verdaderamente renovador es, paradójicamente, de carácter conservador: salvaguardar el patrimonio moral de la gente común.
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1 George Orwell, 1984 (Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Ltda., 1951) 313.
2 Orwell, 1984, 317
3 Orwell, 1984, 304
4 Orwell, 1984, 306
5 Orwell, 1984, 120
6 Orwell, 1984, 322
7 Orwell, 1984, 318
8 Orwell, 1984, 319
Bibliografía
Michéa, Jean-Claude. El imperio del mal menor. Ensayo sobre la civilización liberal. Buenos Aires: Instituto de Estudios de la Sociedad, 2020.
Michéa, Jean-Claude. Orwell, anarchiste tory. París: Éditions Climats, 1995.
Orwell, George. 1984. Buenos Aires: Editorial Guillermo Kraft Ltda., 1951
Profesor de Filosofía, graduado en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan. Se desempeña como profesor en la Universidad Católica de Cuyo y en la Universidad Nacional de San Juan. Además, es becario del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas y de Creación Artística (CICITCA) de la Universidad Nacional de San Juan, donde investiga la problemática de la recepción de la tensión entre fe y razón en el pensamiento de Orígenes de Alejandría por parte de la Teoría Crítica.