Por: Lic. Santiago Agustin Pereyra Nouveliere
Hay algo profundamente revelador en la elección de un país como sede de un Mundial de fútbol. No se trata solamente de infraestructura, de estadios o de capacidad logística. Se trata, en el fondo, de una declaración sobre cómo ese país se concibe a sí mismo frente al mundo y, sobre todo, de cómo el mundo —ese otro, ese extraño, ese que llega desde lejos con su lengua distinta y su piel distinta y sus costumbres distintas— es recibido, tolerado o, en el mejor de los casos, soportado. Cuando Estados Unidos abrió sus puertas como anfitrión para el Mundial 2026, junto a México y Canadá, muchos celebraron la magnitud del evento. Pocos se detuvieron a pensar en la paradoja que esa apertura encerraba: un país que ha construido buena parte de su política exterior e interior sobre la lógica de la exclusión, el control y la vigilancia, ofreciéndose al mundo como anfitrión generoso del deporte más popular del planeta.
No es un detalle menor. Es, en realidad, el nudo de una contradicción histórica que merece pensarse con detenimiento.
La teoría crítica, en su momento de mayor lucidez, nos enseñó que la cultura de masas no es nunca inocente. Adorno y Horkheimer, desde su exilio americano —y qué irónico resulta ese dato biográfico ahora—, señalaron que los grandes espectáculos de la sociedad industrial no son formas de liberación sino mecanismos de integración y control. El estadio, la pantalla, el himno, la bandera que ondea mientras suena el gol: todo eso no es simplemente entretenimiento. Es la producción de un consenso emocional que suspende temporalmente la crítica y convoca a una comunidad imaginaria donde las diferencias se disuelven —o parecen disolverse— bajo el mismo grito de aliento. El Mundial es, en ese sentido, el espectáculo por antonomasia: el más global, el más multitudinario, el más eficaz para fabricar esa ilusión de que somos, por un momento, una sola humanidad. O, por lo menos, un país unificado sin ninguna grieta política o social.
Pero esa ilusión tiene un precio, y ese precio lo pagan siempre los mismos.
Porque llegar a Estados Unidos, en 2026, no es lo mismo para todos. El turista europeo, el visitante canadiense, el ciudadano con pasaporte de país rico: para ellos, la frontera es poco más que un trámite. Un sello, una sonrisa protocolar del agente de migraciones, y listo. Para el hincha (e incluso para jugadores de algunas selecciones) latinoamericano, africano, árabe, asiático de ciertos países, la frontera es otra cosa. Es un interrogatorio. Es una pantalla de identificación biométrica. Es la pregunta implícita —o a veces explícita— de si uno pertenece al tipo de persona que merece cruzar. El cuerpo viajero no es el mismo cuerpo para todos, y la máquina burocrática del control migratorio norteamericano lo sabe con una precisión casi estadística.
Aquí aparece lo que podríamos llamar, parafraseando a Benjamin, la violencia del umbral: esa violencia que no se ejerce con golpes sino con procedimientos, con formularios, con la lógica administrativa del sospechoso por defecto. No es la barbarie antigua, la del invasor con espada. Es la barbarie moderna, la que lleva corbata y habla en nombre de la seguridad nacional. El bárbaro, en la tradición griega, era simplemente el que no hablaba correctamente, el que balbuceaba, el extranjero incomprensible y, por lo tanto, salvaje. Estados Unidos ha sofisticado esa categoría: el bárbaro contemporáneo es el que no tiene el visado correcto, el que proviene del país equivocado, el que su nombre suena a amenaza en alguna base de datos que él nunca podrá consultar.
Y lo paradójico —lo profundamente, irritantemente paradójico— es que ese mismo país pretende ahora ser el anfitrión del mundo. La hospitalidad, en su sentido más pleno, implica una apertura sin condiciones, o al menos una apertura que no clasifica al huésped según su utilidad o su inocuidad. Lo que Estados Unidos ofrece en cambio es una hospitalidad condicionada, una bienvenida selectiva que distingue entre el turista que trae dólares y el visitante que trae dudas. El que llega con tarjeta de crédito premium y reserva de hotel en Manhattan es recibido con alfombra roja. El que llega con las entradas para ver a su selección —que le costaron meses de ahorro en una moneda devaluada— puede encontrarse con horas de espera, preguntas sobre el propósito de su visita, o directamente con una negativa que no admite apelación.
Esto no es un accidente administrativo. Es la expresión de una estructura.
Frantz Fanon, pensando desde otra latitud y otra experiencia, supo ver que el mundo colonial —y sus herencias postcoloniales— se organiza siempre en términos de zonas: la zona del ser y la zona del no-ser. En la zona del ser se habita con derechos, con nombre, con historia reconocible. En la zona del no-ser se habita como problema, como riesgo, como cuerpo que debe ser controlado antes de ser admitido. El espacio del Mundial, con toda su retórica de fraternidad universal, no cancela esas zonas: las reproduce bajo una coreografía festiva. Que puedas entrar al estadio a gritar por tu selección no significa que hayas sido reconocido como igual. Significa, en el mejor de los casos, que tu dinero y tu pasaporte han superado el umbral mínimo de admisibilidad.
El despotismo americano hacia el extranjero —hacia el bárbaro que no encaja en el estereotipo del turista bienvenido— no necesita manifestarse como brutalidad visible (aunque últimamente lo realizan seguido con su fuerza fascista ICE). Su eficacia reside precisamente en su carácter sistémico, en su apariencia de neutralidad técnica. No es que haya un funcionario malévolo que odie a los senegaleseses o a los colombianos. Es que hay un sistema diseñado para producir ciertos resultados, y esos resultados tienen una geografía, una raza, una clase social perfectamente reconocibles. Marcuse llamaba a esto la dominación sin tirano: el orden que se perpetúa no por la voluntad de individuos malvados sino por la lógica de instituciones que nadie, en particular, ha decidido ser injustas, pero que producen injusticia con la regularidad de una máquina bien engrasada.
El fútbol, claro, no tiene la culpa de nada de esto. El fútbol es, en su sustancia más elemental, uno de los pocos idiomas verdaderamente universales que la humanidad ha inventado. Un niño en Lagos, una adolescente en Medellín, un abuelo en Nápoles: todos entienden lo mismo cuando la pelota entra al arco. Hay en eso algo genuinamente hermoso, algo que escapa a las categorías políticas y que merece ser celebrado sin ironía. Pero precisamente por eso resulta tan irritante la apropiación que los grandes poderes hacen de esa universalidad: usan el lenguaje del fútbol para proclamar su apertura al mundo al mismo tiempo que sus fronteras permanecen estructuralmente cerradas para los que más necesitarían atravesarlas.
Hay una imagen que resume bien esta tensión. Durante el Mundial, las ciudades sedes se llenarán de banderas de todos los países. Los medios de comunicación hablarán de la diversidad, del encuentro de culturas, de la magia del deporte que une lo que la política divide. Y todo eso será, en alguna medida, verdad. Pero fuera de esa burbuja festiva, el sistema migratorio seguirá funcionando con la misma lógica de siempre: eligiendo quién merece entrar y quién no, construyendo la figura del huésped deseado y del intruso indeseable, reproduciendo en el acto mismo de abrir las puertas la selectividad que define al poder. La fiesta dura cuatro semanas. La frontera dura para siempre o casi siempre (en el mejor de los casos).
Termino con una pregunta que no tiene respuesta fácil, pero que me parece necesario formular: ¿puede un espectáculo global ser genuinamente inclusivo cuando el país que lo organiza mantiene una de las maquinarias de control migratorio más sofisticadas y discriminatorias del mundo? ¿O estamos, una vez más, ante lo que Debord llamaría el espectáculo en su forma más pura: la apariencia de comunidad como sustituto de la comunidad real? El Mundial llegará, los goles se celebrarán, las selecciones ganarán y perderán, y el mundo mirará maravillado. Pero algunos, para llegar a ese estadio, habrán tenido que demostrar que son suficientemente inocentes, suficientemente solventes, suficientemente parecidos al turista que el sistema imaginó cuando diseñó sus formularios de admisión.
Los bárbaros, como siempre, esperan en la frontera.
Licenciado en Filosofía, graduado en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan. Actualmente es doctorando en Filosofía en la misma institución, donde investiga la filosofía de Walter Benjamin en torno al concepto de experiencia e imágenes estéticas. Integra la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF) y la Asociación Latinoamericana de Filosofía Intercultural (ALAFI). Además, dirige la Revista Científica de Historia, es columnista de la Revista Horizonte Independiente y es becario de investigación CICITCA en el Instituto de Investigación de Filosofía (IDEF) de la UNSJ. Se desempeña como profesor de Filosofía en el Colegio El Tránsito de Nuestra Señora, en la provincia de San Juan.